Cambiar el trigo por el maná

En la primera lectura, los israelitas por fin han llegado a la tierra prometida.  Se acabó el Éxodo, y los israelitas comen el fruto de la tierra: granos de trigo tostados.


El Éxodo fue un tiempo dificil para los israelitas.  Sin embargo, casi desde el principio, había un peligro en el desierto del cual no sufrieron: la falta de comida.


Eso es porque Dios les alimentaba.  Una comida extraña aparecía en el suelo, y los israelitas la recogían.  Cuando esta comida extraña apareció por primera vez en el suelo, los isrealitas dijeron, ¿QUÉ es ESO?” –– “Mah na,” en su idioma. (Y luego ‘maná’ es cómo la llamaron ellos y también nosotros.)


Los israelitas aprendieron rápido la respuesta a su pregunta.  Lo que estaba en el suelo, el maná, fue como las lembas o pan de los elfos.  Era increiblemente nutritivo.  Podías sobrevivir mucho tiempo con tan solo un poquito.  Y era delicioso.  Era ligera; tenía algo del sabor de cilantro; y había un toque de miel también.  Estaba mágicamente bueno, y vino de la mano de Dios, quién en el desierto les daba de comer de su propia mano a su pueblo.


¿A quién le gustaría dejar el maná?


Cuando el Éxodo se acabó, el maná también se acabó.  Una noche los isrealitas comieron los granos de trigo tostados de la tierra prometida, y el próximo día ya no había maná.


No sé qué es exactamente “granos de trigo tostados”, pero no me suena nada sabroso como el maná, ¿Verdad que no?  No me suena delicioso.  No viene de la mano de Dios; tienes que recogerlo para tí mismo.  Y tienes que trabajar para cultivarlo.  No se aparece mágicamente en el suelo por la mañana.


¿A quién le gustaría cambiar el maná por los granos de trigo tostados?


Pero los granos de trigo tostados eran el principio de la vida en la tierra prometida, donde los israelitas encontraron un hogar.  La dulzura consoladora del maná vino de las condiciones duras del Éxodo.  Del dolor de cambiar el maná por los granos de trigo tostados salió la consolación de estar en casa.


Y he aquí la lección para nosotros.  La bondad del Señor nunca falla.  Sólo hay que esperarla.