¿Y el pan?

En la primera lectura, Dios promete a Moisés y a los israelitas una tierra que mana leche y miel. Nos hemos acostumbrado de tal manera a esta descripción de la tierra en la promesa de Dios a Moisés que ya no significa nada para nosotros. Lo que oímos es “tierraquemanalecheymiel.”

 

Pero si nos detenemos a pensar en esto, resulta gracioso esto de la tierra prometida.
La leche y la miel son sin duda cosas muy buenas, pero lo primero que podemos ver en estas es que no son productos agrícolas. La leche y la miel no son cosas que cultivamos.

 

La leche viene de animales que comen pasto, el cual no crece tan a prisa como ellos se lo comen. Esto implica que si obtienes leche, será porque estás en constante movimiento, hacia pastizales frescos para tu ganado. Y esto también significa que la miel no proviene de granjas apícolas (de abejas). No se puede al mismo tiempo mudar de lugar con el ganado y permanecer estacionario con las colmenas de abejas. Entonces la miel de la tierra prometida debería provenir de colmenas silvestres. Cuando hallas una, allí hallarás miel. Si no, no la obtendrás.

 

Por lo tanto, las cosas buenas de esta tierra prometida no son de las que puedes obtener por tu propia obra, por la agricultura. Dependes de los animales para la leche, que la producen para sus crías mientras las crías no se pueden alimentar a sí mismas. Y la miel llega a ti ocasionalmente, cuando tienes la fortuna de hallarla. La leche y miel de la tierra prometida son cosas que hacen reconocer a la gente su dependencia y su vulnerabilidad.

 

Y hay algo más que podemos notar en esto: no se puede sobrevivir solo a base de leche y miel. La miel se acerca más al postre que a la cena. Y la leche puede ser un alimento perfecto, en cierto sentido nutricional; sin embargo, solo los bebés pueden vivir a base de leche nada más. Los adultos necesitan otros alimentos además de la leche.

 

¿Y entonces, qué clase de tierra prometida es esta? Recibes las cosas buenas en ella en dependencia y por casualidad; y aunque estés de suerte, de todos modos todavía te estará faltando la parte principal de aquello que necesitas para vivir. Lo que falta en esta tierra prometida es el pan.

 

Y esta es precisamente la cuestión. La tierra prometida amerita que la anhelemos. Pero aquello que más necesitamos para vivir Dios se lo reserva para proveérnoslo. Al final, nuestro pan proviene de él. En Cristo, Dios mismo es nuestro pan.