La Conquista Guadalupana

Para entender bien el evento que conmemoramos esta semana en las celebraciones de las apariciones de Nuestra Señora de Guadalupe, es preciso que entremos primero en una breve lección histórica.  En el libro de Baruc, que escuchamos en la primera lectura de este segundo domingo de Adviento, vemos la situación de Israel después del evento de la destrucción de Jerusalén en el año 587 antes de Cristo––bajo un imperio tiránico, expulsados de su tierra prometida, exiliados a Babilonia, los Israelitas sufren bajo la opresión de los babilonios.  Las palabras de Baruc, entonces, son palabras de promesa y alegría, porque se tratan del regreso a Israel.

 

Luego, al principio del evangelio de San Lucas nos situamos dentro de otro tiempo de dominación: ahora Israel está bajo el imperio romano, otra vez sufriendo, otra vez oprimido.  Oímos: en el décimo quinto año del César Tiberio, etc.  En el tiempo de estos tiranos––Tiberio, Herodes, Poncio Pilato––tenemos otro profeta, que sale al desierto para tomar las palabras de Isaías: Yo soy la voz que clama en el desierto.

 

Si nos adelantamos, entonces, unos 1500 años––llegamos al año 1492, cuando Cristóbal Colón llegó a las Américas y se estableció con otros españoles en la isla de la Española.  Allí empezaron a someter a la población a una esclavitud cruel, les hicieron mineros en búsqueda del oro y las joyas.  Les hicieron atrocidades.  En ese ámbito, en el año 1511, los frailes dominicos en la isla decidieron que había que predicar contra toda la barbaridad que ellos cometían contra los indígenas.  Salieron a un lugar retirado, un ‘desierto’ simbólico, para orar, conversar y decidir cómo iban a responder.  Compusieron juntos un sermón denunciando la barbaridad de los españoles y escogieron a fray Antonio de Montesinos para darlo en el segundo domingo de Adviento––el mismo domingo que celebramos hoy.  Dijo Montesinos: “Yo soy la voz de Cristo en el desierto de esta isla… ¡Estáis en pecado mortal!  ¿Con qué derecho?  ¿Con qué justicia?”  En la congregación había un tal Bartolomé de las Casas, quién luego se convertiría, libraría a sus esclavos y se haría dominico, predicando y escribiendo en favor de los indios, luchando por sus derechos, la paz, la justicia, y la libertad.

 

El año después, el jefe indio Hatuey se escapó de la isla y se fue para Cuba, a advertirles que no se debía confiar en los españoles.  Mostrándoles una canasta de oro y joyas, dijo:


“Este es el dios que los españoles adoran.  Por esto ellos luchan y matan; por esto nos persiguen, y es por eso que tenemos que lanzarlos al mar.  Nos dicen que adoran a un dios de la paz y de la igualdad, pero usurpan nuestras tierras y nos hacen sus esclavos….”


El capitán español, Velásquez, capturó a Hatuey en febrero de 1512, fue atado en una hoguera y quemado vivo.  Momentos antes de encender el fuego, un sacerdote le ofreció la salvación de su alma, mostrándole la cruz, y pidiendo que él aceptara a Jesús para ir al cielo. 

 

“¿Y los cristianos también van al cielo?” Preguntó Hatuey.
“Hay muchos como nosotros en el cielo,” dijo el cura.
Contestó Hatuey, “No quiero ir allá, sino al infierno, por no estar donde estén y por no ver tan cruel gente.”

 


A pesar de este rechazo tan fuerte e indignado de Hatuey, el cristianismo luego vería un cambio en el evento Guadalupano.  Unos veinte años después de lo que pasó en la isla de la Española, Hernán Cortés ya había conquistado a México, sometiendo los indígenas allá a semejantes injusticias.  Sin embargo, vemos algo diferente en el momento de las apariciones de la Vírgen.  En vez de la conquista española… la conquista que los hombres llevan a cabo: tenemos la conquista divina.  Es una conquista pacífica, de corazones, y en esta venida de la Madre de Dios, ella nos dice claramente que Dios estuvo y está al lado de los oprimidos.  Lo que los hombres no pudieron conseguir por medio de la espada y las armas de fuego––Dios hizo con su humilde Madre y un indio temeroso de Dios, humilde y obediente.  Pero en el caso de la conquista divina no fueron tanto los indios que necesitaban conversión, sino los españoles.  Dios se mostró al lado del pobre, del oprimido, y del sufriente.  Como decir un “NO” muy fuerte a las barbaridades de los conquistadores, la violencia y la opresión, Dios les envió a su Madre mansa y tierna. 
 

 

Es bien importante entender toda esta historia para que veamos como encaja en nuestra propia historia.  En las lecturas y en la historia guadalupana, vemos el tema del desierto.  Baruc habla de cruzar el desierto para regresar a la Tierra Prometida.  También Juan el Bautista sale al desierto.  En la Biblia, el desierto significa cambio, conversión.  Luego, Montesinos proclama como la voz en el desierto.  También Juan Diego encuentra la Virgen en el desierto.  Pues para nuestra historia, muchos que estamos en este país como inmigrantes, el desierto también tiene mucha significancia.  Significa cambio, el buscar una mejor vida, pero también significa el peligro, el riesgo.  Pero ¿Por qué es que muchas veces estamos dispuestos a arriesgar el peligro del desierto para buscar una mejor vida económica o política… pero no estamos para salir al desierto para buscar una mejor vida espiritual? 

 

 

Hoy nos invita Dios al desierto... ahí nos va a conquistar.  Nos dice, igual como dijo Baruc: el camino ya está preparado.  Dios es el que lo prepara.  En el Adviento cantamos cantos como “Preparen el camino del Señor…” pero la realidad es que Dios es él que lo prepara.  Muchos de nosotros creemos que no somos dignos de Dios, que es imposible cambiar nuestras vidas––rechazamos la posibilidad de la conversión.  Nos castigamos, decidiendo no tomar la Eucaristía, pero nunca hacemos nada para mejorar la situación.  La realidad es que no estamos solos, sí hay un camino para mejorar nuestras vidas, para encontrar el sendero.  Veo a los que participan en la clase de RICA en la parroquia, y observo como ellos se han comprometido al camino que Dios ha preparado… ¡sí hay un camino!  Sí, va por el desierto árido, pero ahí está nuestra Madre.  Ella es la voz que clama en el desierto, la voz que nos acompaña.  Ahí nos espera, ahí nos conquista.