El matrimonio

La primera lectura describe como Dios dispuso el primer matrimonio.  En el Evangelio Cristo da una sentencia sobre el matrimonio: Si un hombre se divorcia de su esposa y se vuelve a casar, comete adulterio, y también lo hace su esposa si ella se vuelve a casar.

 

Dada esta sentencia, ¿por qué casarse? ¿Por qué querría Dios que alguien se case?

 

Cuando Adán está aún sin Eva, Dios dice que no es bueno que Adán esté solo- y es por esto que Dios creó a Eva y dispuso que se casaran.

 

Pero, ¿quién hizo al hombre de tal manera que no fuera bueno que estuviera solo?  Fue Dios, ¿cierto?  Dios no hizo a los ángeles de esta manera.  Los ángeles no se casan.  Tampoco tienen hijos.  Ningún ángel es en sí la unión de dos otros ángeles que unieron algo de ellos mismos para formarlo.

 

Es más, los ángeles carecen de sexo.  Ninguno es ni varón ni hembra.  Ningún ángel puede decirle a otro, "Tú eres mi media naranja."  El que un ángel esté solo no presenta ninguna dificultad.

 

Los seres humanos tienen algo que los ángeles no: la gloriosa riqueza de una vida humana encarnada y sexual.  Pero esta vida encarnada y rica es también frágil.  Porque no es bueno que los seres humanos estén solos, dependen unos de otros y son tan susceptibles unos a otros que afectan profundamente las vidas de sus semejantes.

 

Casi siempre, en el mundo después de la Caída, esta fragilidad se distribuye de manera desigual entre los sexos.  Tiende a tocarle más a las mujeres que a los hombres.  Y aquí vale notar que ambas lecturas se enfocan en los hombres.  En la primera lectura, lo que dispone Dios para Adán deriva en lo que Adán proclama: el hombre dejará a sus padres para unirse a su esposa.  En el Evangelio, Cristo da respuesta a la interrogante de los fariseos si es lícito que un hombre se divorcie de su esposa.  El deseo hacia la mujer que Adán nombra es limitado por la sentencia de Cristo contra el divorcio y el adulterio.

 

Cuando Dios hizo al ser humano, corporal y sexual, le otorgó un gran don que ni los ángeles tienen, la capacidad de unirse por vida en el matrimonio y engendrar hijos.  Para los que vivimos en el mundo caído que Adán nos legó, el reto es conservar la promesa y la belleza de este don de Dios.