Siendo capaces de oír

En el evangelio de hoy, Jesús hace un milagro: un hombre sordo y que apenas podía hablar de repente puede tanto oír como hablar. Pero Jesús cura a este hombre de una parece poco digna, o incluso tonta. Jesús pone sus dedos en los oídos del hombre y pone su saliva en su lengua. Mira al cielo; suspira; y dice “¡Ábrete!” antes de que los oídos del hombre se abran para poder oír.

 

¿Dónde está la usual elegancia de los milagros de Jesús, en los que basta una simple palabra para sanar? ¿Para qué todo este espectáculo, que hasta parece una vergüenza para Jesús?

 

La respuesta está en la pregunta: lo que hace Jesús es literalmente un espectáculo mudo; tiene que serlo, porque está intentando comunicar con una persona que no puede oír. En sus otros milagros, Jesús habla con la persona por la que va a hacer un milagro; pero aquí, tiene que actuar.

La actuación comienza cuando Jesús le enseña al hombre sordo que está poniéndole dentro una parte de sí mismo: sus dedos en los oídos del sordo, su saliva en su boca. Así invita Jesús al sordomudo a aceptar a Jesús dentro de sí mismo--de forma literal. Luego Jesús mira al cielo, mostrando al hombre sordo de donde viene su poder. No es que los dedos o la saliva de Jesús sean mágicos. El poder viene de Dios, cuyo poder está en Jesús, y quien está con el sordo mediante este show.

 

Incluso el suspiro y las palabras de Jesús tienen sentido en este contexto. Primero el hombre ve a Jesús abrir su boca con un suspiro, un sonido inarticulado. Luego ve a Jesús decirle una palabra directamente a él, al hombre que no puede oír. Así Jesús invita al hombre sordo que confíe en él, le invita a aceptar el milagro—le invita a elegir el poder oír, primero el suspiro y luego la palabra pronunciada.

 

De esta manera, Jesús se humilla para compartir las limitaciones de este hombre mudo. Con este espectáculo mudo e indigno, el amor del Señor cura tanto el alma como los oídos del hombre sordomudo.