La vergüenza y el Señor

En la lectura del Evangelio, Jairo entra sin miedo en la multitud alrededor de Jesús e interrumpe lo que Jesús está haciendo.  Jairo es una persona importante, un oficial de la sinagoga; y su hija de doce años está peligrosamente enferma.  Jairo cree que Jesús podría sanar a su hija, pero sólo si viene en seguida.  Así que Jairo le urge a Jesús a que deje todo al lado y venga.

 

Y Jesús sí se da la vuelta y sale inmediatamente con Jairo.  Pero, en ese momento, la interrupción de Jesús por Jairo es interrumpida también.  Jesús se detiene y quiere saber quién lo ha tocado. 

 

¿Quién te ha tocado?, replican incrédulos sus discípulos.  ¡Todo el mundo te ha tocado!  Estás en medio de un gentío enorme que te oprime de todos lados.  Sin embargo, como sabemos, había alguien que tocó a Jesús de una manera muy especial.  Era una mujer que padecía un flujo de sangre durante doce años, tantos años como Jairo tenía una hija.  Bajo la ley Mosaica, ella estaba impura durante todo ese tiempo.  Cualquier persona que le tocara estaba impura.  De hecho, la persona que tocara cualquier cosa en que ella se sentara o se acostara también era impura.  Había gastado todo su dinero en médicos, pero sólo la hicieron peor.

 

Era pobre, una marginada, y tenía miedo de ser reconocida.  Distinta a Jairo, ella no se atrevía a interrumpir a Jesús para molestarlo con sus propias preocupaciones.  Y ahora ella había añadido esta cosa terrible a todas las demás: había hecho impuro también a Jesús.  Lo había tocado.  Con razón temblaba cuando tenía que dar la cara a Jesús.  La vergüenza tal como la suya le hace a la persona que sea desesperada para ser invisible.

 

En su gran necesidad, no quería presentarse, como había hecho Jairo.  Era dispuesta a ser avergonzada, sin atención, sin ser reconocida––siempre que podría ser sanada.  Pero Jesús no quiso tolerar su estimación de sí misma.  Hizo que el oficial de la sinagoga la esperara.  “Hija,” le dice Jesús, “tu fe te ha salvado.”  En esa sola palabra, ‘hija,’ Jesús sanó su vergüenza además de su flujo de sangre.  Les enseñó a ella y a toda la multitud a su alrededor que ella era para él lo que la hija de Jairo era para Jairo.

 

Así que Jairo no era el único que cuidaba a su hija ese día.