El éxito y el fracaso

La primera lectura comienza con la voz del siervo de Dios diciéndonos que él tiene una vocación del Señor.  Dios lo ha hecho una espada afilada,  una saeta aguda, un arma impresionante del Señor.  Pero esta arma no es para la destrucción de personas.  Es para la destrucción del mal que les mantenga alejados de Dios.  El siervo de Dios es llamado para llevar al pueblo de Dios, los Israelitas, de regreso a Dios.

 

Esta es una gran vocación, ¿De verdad?

 

Pero la voz del siervo de Dios continúa, y nos dice qué ha pasado con su gran vocación. “Me he gastado en vano,” dice el siervo de Dios.  Trabajó duro; pero, resulta que se fatigó inúltilmente.  En resumen, ¡Él fracasó, fracasó, fracasó!  Esto es lo que ha venido de toda su labor: NADA.

 

¿Qué persona que ya es adulto no recuerda sus entusiasmos adolescentes ahora con perplejidad?  ¿Qué pasó con esos sueños, esas esperanzas, esa visión de servir al Señor gloriosamente?  ¿Y qué persona que ya ha pasado la mitad de la vida no sacude la cabeza con tristeza pensando en los resultados de la labor de su vida?  ¿Para qué fue ese gran esfuerzo?  ¿Cómo es que llegó a tan poco?

 

¿Qué pasó con el llamado del Señor a cada uno de nosotros––a servirle gloriosamente?  La respuesta es implícita en la próxima parte del diálogo.  

 

La voz del Señor contesta la voz del siervo de Dios.  Es demasiado poco que solamente hagas a los Israelitas que vuelvan a Dios, dice el Señor.  No, ¡Harás esto y mucho más!  Serás una luz para todas las naciones, y llevarás mi salvación a los confines de la tierra.  Y aquí es la lección para nosotros en nuestra tristeza, en nuestra perplejidad, en todo nuestro fracaso.  Después de todo su desaliento, esto es lo que dice el siervo de Dios: mi Dios es mi fuerza.  Seré glorificado en los ojos del Señor.

 

Nuestra esperanza es en la fuerza del Señor, no en la nuestra.  Y si no somos glorificados en nuestros propios ojos, aun seremos glorificados en los ojos del Señor.