Hay poder en la sangre

Cualquier persona que lava ropa te puede decir que una de las manchas más difíciles de quitar es la sangre.  ¿Por qué pensaría alguien que se pueden limpiar las cosas con la sangre?


La respuesta es que depende de lo que estás intentando limpiar.  La segunda lectura dice que la sangre de Cristo puede limpiar una conciencia de sus obras muertas. 


Una cosa que está muerta simplemente se queda ahí, sin mover.  Las obras muertas son obras que no van a ninguna parte.  Pero ¿Adónde irían las obras, salvo a dónde la persona que las hace quiere que vayan?


Así que una obra muerta es una obra que no hace lo que el obrero quería que hiciera. 


Y ahora tenemos una mejor idea de lo que es el punto en cuestión aquí.  En la carta a los Romanos (7,15), Pablo dice, “Yo no hago lo que quiero, sino que hago lo que aborrezco.”  ¿Hay alguien que no entienda este problema?  Los ejemplos son fáciles de encontrar.  He aquí uno: tienes la intención valiente de dejar de fumar, y día tras día sigues fumando.


No es difícil entender por qué las obras muertas manchan una conciencia.  ¿A quién no le sentiría manchada la conciencia por el fracaso diario y sin cesar de hacer lo que él mismo quiere hacer?


La sangre de Cristo nos limpia precisamente de esto.


La sangre es la vida de una cosa, dicen las Escrituras (Deuteronomio 12,23).  Si en la Eucaristía la sangre de Cristo entra en nosotros, entonces la vida de Cristo también entra en nosotros.  Por su vida, somos formados en un solo cuerpo con él, un solo cuerpo vivo, con un Espíritu vivo, el Espíritu de Cristo.


Lo que no pudimos hacer por nuestra cuenta, porque nuestras obras están muertas y nuestras conciencias están manchadas, la sangre, la vida, el Espíritu de Cristo puede hacer en nosotros.


Cuando somos unidos con Cristo por su cuerpo y sangre en la Eucaristía, nuestras obras también viven por él.  Y si nuestras obras viven, también quedan limpias nuestras conciencias. 


De hecho, resulta que aun nuestra ropa sucia queda limpia por la sangre de Cristo.  Los santos en el cielo han blanqueado sus ropas en la sangre del cordero (Apocalípsis 7,14).


¡Hay poder en la sangre!