La venida del Espíritu

 

Este domingo celebramos la venida del Espíritu, en el Pentecostés.  Pero el Génesis nos dice que el Espíritu estaba en el mundo desde el principio, moviéndose sobre la faz de las aguas en la creación del mundo.  De hecho, el Espíritu está en todas partes del Antiguo Testamento.  Hubieron profetas y jueces, hasta reyes, quienes se llenaron con el Espíritu.  Por ejemplo, el Espíritu de Dios vino sobre Balaam (Núm 24,2), Josué (Núm 27,18), Gedeón (Jueces 6,34), Jefté (Jueces 11:29), Sansón (Jueces 13,25), Saúl (1 Sam 11,6), David (1 Sam 16,13), y otros también.

 

Así que, ¿Por qué en el Evangelio Cristo dice que enviará el Espíritu?  ¿Cómo es que envía el Espíritu si el Espíritu ya estuvo en el mundo, en la época del Antiguo Testamento?

 

Debemos darnos cuenta de que, en el Antiguo Testamento, el Espíritu se menciona sólo como bajando sobre unas pocas personas determinadas, a fines particulares determinados por Dios.  Pero después de la resurrección de Cristo, cuando Cristo envía el Espíritu, el Espíritu viene sobre cada persona que dice con su corazón que Jesús es el Señor.  Cualquier otro don que el Espíritu le dé a la gente, nadie puede decir que Jesús es el Señor sin el Espíritu, como explica la segunda lectura.

 


Además, después de la resurrección de Cristo, la venida del Espíritu es marcada por la vida, la muerte, y la resurrección de Cristo.  No es solamente el Espíritu del Padre; es el espíritu de Cristo también.  Siendo llenados con el Espíritu de Cristo, los que reciben ese Espíritu son unidos con Cristo.


Así que cuando el Espíritu entra en el mundo como consecuencia de que Cristo lo envió, viene sobre todo el pueblo de Cristo para siempre, para toda la vida.  Y su propósito es unirlos todos a Cristo, en el Cuerpo de Cristo.

 

Así que esa es la razón por qué el Espíritu viene en el Pentecostés: para inaugurar una nueva era, que Dios prometió hace muchos años.  Por su profeta Joel (Joel 2,28), Dios prometió que en la era del Mesías, derramaría su Espíritu sobre todo su pueblo; y entonces Él mismo sería la esperanza y la fortaleza de su pueblo (Joel 3,16).

 

Nosotros estamos incluidos en esa promesa también, por el Espíritu de Dios que habita en nosotros, cuando decimos con nuestros corazones que Dios es el Señor.