Sean fecundos y multiplíquense

El primer mandamiento de Dios a la humanidad fue: “sean fecundos y multiplíquense” (Gn 1:28). En la lectura del evangelio de hoy este mandamiento se nos reitera.  En cualquier caso, el texto describe las cosas perjudiciales que pueden ocurrirles a aquellos que no den frutos.

 

La fecundidad de la que habla el libro del Génesis tiene que ver con la reproducción.  Proviene de la unión entre el hombre y la mujer, que multiplica la imagen de Dios en la generación de los hijos.

 

La fecundidad de la que habla el evangelio también parte de una conexión, pero en este caso la conexión es con Cristo.  Se da cuando Cristo está en ti y tú en él.

 

Este recíproco estar el uno en el otro es una situación peculiar.  ¡Desde luego que lo es!  Se puede meter una taza en una caja, o una caja en una taza.  Sin embargo, ¡la caja no puede estar dentro de la taza mientras la taza está dentro de la caja, simultáneamente!

 

Las cajas y las tazas no tienen la capacidad de ese estar-en que es recíproco. El amor posibilita que las personas puedan vivir esa forma de estar-en. El amor te une a la persona amada sin que ninguna de las dos pierda su identidad propia. La unión del amor no implica fusión, sino una forma de vivir uno dentro del otro que es mutua.

 

En la lectura evangélica, Cristo afirma que él siempre permanece en los suyos. Se sigue de esto que si te abandonas al amor de Cristo, cuentas con lo necesario para experimentar esa forma de vivir uno dentro del otro propia del amor. Hay alegría en este amor, porque Cristo está tanto contigo que llega a estar en ti. También hay paz, porque tu corazón puede descansar en la presencia y compañía del amado.

 

Tus pecados, y las tormentas de la vida aún tienen el poder de afligirte.  Pero, si tu amado es para ti y tú eres para tu amado (Cantar de los Cantares 2:16), entonces puedes lidiar con los problemas más fácilmente, incluso con lo problemático en tu propio ser.

 

En la inhabitación mutua que se da entre Cristo y tú, habrá amor, paz, paciencia y longanimidad (o perseverancia espiritual).  Estos son frutos del Espíritu Santo.  Cuando crezcan en ti, producirás frutos.

 

Por último, considera lo siguiente: ¿existe acaso un testimonio más poderoso que el de una vida vivida en amor, paz, paciencia y perseverancia?  Si tienes en tu ser los frutos del Espíritu Santo, también multiplicarás en otros al imagen de Dios.

 

De este modo, al permanecer en Cristo, darás frutos y te multiplicarás.