Recuerdos de Semana Santa

La Semana Santa malagueña la llevo en mis propias venas. Estando en el seno materno, me cuentan que ya mi abuela paterna iba a la imagen del Cristo del Sepulcro en Málaga pidiendo porque yo fuese niño. Cuando era pequeño, cada Semana Santa mi familia se aventuraba desde Madrid a Málaga y salíamos con esa muchedumbre humana que invade las calles para presenciar el paso de Cristo y su madre María, viviendo el Calvario. Y aunque tenía menos de seis años, me abundan los recuerdos de esos tiempos…recuerdo la impresión que me causaba el trono de la Sangre, con ese soldado romano montado a caballo, con la lanza que atravesó el costado del Señor, un Cristo que según recuerdo me hizo preguntarle a mi padre: “Papi, ¿por qué querían matar a Jesús?” Recuerdo lo misterioso que resultaban los nazarenos, casi procedentes de otro planeta, con dos ojos perdidos en una marea de túnica y capirote. Y cómo olvidar las cornetas de plástico con las que mi hermano y yo intentábamos en casa imitar esos himnos que llenaban las calles, y que aún oigo dentro de mí. Hay muchos seminaristas que cuentan que cuando eran niños, solían jugar a “decir Misa”; yo no recuerdo haberlo hecho jamás, pero lo que sí recuerdo es que yo procesaba por los pasillos de nuestro piso con una especie de trono y una pequeña imagen de la Virgen que mi abuela materna me hacía usando una pelota como cabeza y envolviéndola en una sábana que hacía a su vez de manto.

 

 

Cuando tenía seis años, nos mudamos a los EE.UU., y con ello terminaron las procesiones de Semana Santa. Cuando íbamos a España durante el verano, a veces veíamos la procesión de la Virgen del Carmen en el pueblo de mi abuela; pero aunque sea una procesión encantadora, con el sabor coloquial y devoción preciosamente simple de un pueblo marinero, no se puede comparar con las magníficas procesiones de Semana Santa.

 

Nueve años después, nos volvimos a España por un año, residiendo en Málaga en lugar de Madrid. Llegó la fiesta de la Virgen de la Victoria, patrona de Málaga, y nosotros nos fuimos al centro para la procesión de su imagen. Estando ahí de pie, esperando que llegara la Virgen, se empezaron a oír los tambores que marcaban el paso, y a olerse el incienso que penetra todo rincón; y de repente, el niño que llevaba dentro y que jamás había olvidado esas procesiones se despertó, y se me saltaron las lágrimas en los ojos. Al ver pasar a la Madre de Cristo y la mía, mecida por los hombres de trono al son de la banda que la acompañaba, me vi sobrepuesto por la emoción, y por la devoción de todo un pueblo. Unos meses después llegó la Semana Santa, y volvimos a las calles como tantos años antes; fue una experiencia única, cuyo dulce recuerdo aún saboreamos cuando nos reunimos como familia. Pude ver de nuevo al Cristo de la Sangre, pero descubrí también otras devociones, como el Cristo de la Expiración, que imponía silencio al pasar; o el “Señor de Málaga,” Cristo Cautivo, al cual tanta devoción le tenía mi abuela paterna, aquel que camina por las calles de Málaga seguido por miles de devotos penitentes.

 

 

Ese año en España llegó a su fin, y nos vimos de vuelta en los EE.UU. Despertada el hambre por la Semana Santa malagueña, intentamos descubrir cómo vivirla desde lejos, y descubrimos que con los maravillosos avances de la tecnología podíamos ver las procesiones en directo por internet. Nos poníamos entonces cada día alrededor del ordenador de mi padre, y vivíamos juntos, aunque a lo lejos, la Semana Santa en Málaga. ¡Sólo nos faltaba el incienso!

 

Este año, me encuentra la Semana Santa lejos de mi familia, estudiando en el convento dominico de St. Louis. La vida ha dado muchas vueltas desde que era niño y miraba con asombro el pasar de tronos y nazarenos--¿quién me iba a decir entonces que un día sería fraile dominico, dedicando el total de mi vida a aquel Cristo que pasaba, y cuya muerte no comprendía? Pero pese a las vueltas que ha dado la vida, me sigo encontrando ante los tronos, aunque sea a lo lejos y por internet, conectado de esa manera a la fe de todo un pueblo, mi pueblo.

 

He descubierto este año nuevos amores: el Cristo de la Humillación, cuyo tallado me ha gustado desde hace tiempo, ha adquirido todo un significado nuevo al verlo acompañado por signos dominicos a diestro y siniestro. Y aunque sus comentarios han sido semejantes a años pasados, este año me han gustado especialmente los comentaristas, que sin temor han hablado de la fe que se ve vivida en las calles malagueñas esta semana. Me impactó especialmente un comentario hecho al pasar el Cautivo, diciendo que en esta semana se ve la fe del pueblo malagueño desplegado por las calles (¡habréis notado el impacto que me ha hecho por la cantidad de veces que lo he usado en lo que llevo escrito!). Desde luego, así es para mí: con el pasar de los años, mi amor por la Semana Santa va creciendo, y me consta que el pasar de nazarenos y tronos, el aroma de incienso, el chillar de las cornetas—todo esto forma parte de mi fe. Pues esta semana, es Cristo quien muere por nosotros, su Madre quien sufre al seguirlo, y somos nosotros quienes debemos ser enterrados con Él para resucitar al tercer día.