Locos por Cristo

[video: "http://www.youtube.com/watch?v=Ursk1k6fifU"]

(El Cuativo en el Puente de la Aurora)

 

He comentado ya en otro blog lo que significa para mí la Semana Santa malagueña; pero aquí me quiero enfocar en dos tronos: el Cautivo y la Humillación. Son imágenes semejantes, de un Cristo humillado, cabizbajo y con manos atadas cual criminal. También las une el color de la túnica: blanco—un blanco simple, sin el bordado dorado tan elaborado de las túnicas de los Nazarenos. Si alguna vez me había planteado el porqué de ese color, seguramente habría pensado que sería símbolo de pureza. Pero los comentaristas de Onda Azul me ofrecieron una perspectiva nueva: es también el blanco de los locos (piense, por ejemplo, en la típica camisa de fuerza), el blanco con el que Herodes viste a Jesucristo burlándose de Él (Lucas 23:11).

 

 

A Jesús, llamado loco por sus contemporáneos, lo llevamos ahora en procesión intentando replicar ese mismo instante, intentando compensar con nuestro respeto y aclamación la burla que tuvo que aguantar. Pero yo me planteo, ¿tan distintos somos a Herodes? ¿O vestimos también a Cristo en el blanco del loco? ¿El amor, capaz de vencer al mal? Debe estar loco. ¿Cómo que tengo que morir para vivir? ¿Que debo llevar la cruz si quiero ser verdaderamente feliz? Yo prefiero el camino del placer sin límite. ¿Que el amor requiere sacrificio? Locuras. ¿Que para ser libre, debo obedecer? ¿Que para ser rico, debo ser pobre? Este hombre, ¿de qué habla?

 

Es emocionante ver al pueblo malagueño salirse a las calles para vivir su fe y saludar a Cristo, y ver a la gente santiguarse al pasar ante ellos la imagen del Señor o de su Madre. Me alegra enormemente oír a los cofrades hablar de sacar su imagen al pueblo para que la pueda venerar, y así acercarse a Dios. Pero a su vez, oigo una y otra vez (y lo he visto con mis propios ojos) que casi nadie va a Misa en España, que la gente no es que sea anti-religiosa, sino que le trae sin cuidado la fe. ¿Dónde está la desconexión? ¿Qué nos hemos perdido? ¿Será que es fácil adorar a un Dios con manos atadas, para que no me pueda tocar en lo más íntimo, para que yo sea el maestro de nuestro encuentro? ¿Será que es fácil cantar las alabanzas del “Señor de Málaga,” pero difícil seguir sus mandamientos de amor, aunque Él mismo dice: “Si me amáis, guardaréis mis mandamientos” (Juan 14:15)? Lo triste es que nos hacemos nosotros mismos el desfavor: el Cristo Cautivo y Humillado que pasa por las calles de Málaga no es una mera estatua; realmente existe un Cristo que nos amó (y nos ama) tanto. Si comprendiésemos cuánto nos ama, nos dice San Juan Vianney, moriríamos de amor. Moriríamos de amor. Y lo daríamos todo por compartir con Él un sólo minuto, por no decir una eternidad.

 

Tal vez si comprendiésemos esto, en vez de llamar a Jesús y sus enseñanzas locuras, nosotros mismos nos arroparíamos de blanco, y nos haríamos “locos por Cristo” (1 Corintios 4:10), dispuestos a ser llamados locos por todo el mundo con tal de proclamar el Evangelio de su Amor y Perdón. Entonces llevaríamos a Cristo de procesión por las calles no sólo una vez al año—y eso si no llueve. Seríamos cada uno, mujer y hombre, portador del trono de nuestra vida, y en nuestra cara se dibujaría el rostro de Jesús, cuyas manos ya no están atadas, y que buscan con ternura abrazar a cada uno de sus hijos.