El corazón quebrantado

Cuarto Domingo de Cuaresma

 

Según lo describe la primera lectura, los enemigos de los judíos destrozan Jerusalén.  Los muros de la ciudad son derribados.  El Templo de Dios es incendiado, y todos sus objetos sagrados son quebrados.  Y el pueblo es conducido en cautiverio a Babilonia.  Su país, sus costumbres, su idioma, su culto, su Templo – todo está perdido.

 

En el salmo hay un cuadro conmovedor del quebranto del pueblo por esta destrucción de su tierra.  Los que destrozaron Jerusalén quieren que los judíos les canten canciones hebreas.  Esa petición es el golpe final.  “¿Cómo podemos cantar las canciones del Señor en una tierra extraña?” se plantea el pueblo cautivo en su angustia.

 

La epístola dice que Dios es rico en misericordia y que su amor es grande.  Entonces, ¿por qué no protege a su pueblo de un quebranto como éste?

 

Parte de la solución se encuentra en el Evangelio de hoy.  Dios no quiere destruír a la gente; Él no permite el sufrimiento con el propósito de lastimarle.  Más bien, Dios busca un remedio, como lo explica la primera lectura.  Dios está dispuesto a tomar medidas extremas, aún el quebranto de su pueblo, con tal de salvarlo.

 

Y además de eso, Dios está dispuesto a usar su propio sufrimiento también.  Como dice el Evangelio, Dios entregó a su Hijo amado para salvar al mundo.  Cristo fue traicionado por su amigo, humillado públicamente, oficialmente condenado, torturado, y muerto.  Cualquiera de estas cosas bastaría para quebrantar el alma, ¿no?  Así, en el Cristo encarnado, Dios usa su gran sufrimiento como remedio final que lleva a la gente de la muerte a la vida, cuando todos los demás remedios se han intentado y han fracasado.

 

Nuestro corazón quebrantado, el de Cristo, es para dar vida, no muerte.

 

Y he aquí lo otro que debemos entender.  Jerusalén fue reconstruída, y el Templo fue restaurado, como lo explica la primera lectura.  La muerte de Cristo fue sucedida por su Resurrección.  En cada uno de estos casos, el quebranto se convirtió en alegría.

 

De ahí que el quebranto no tiene la última palabra.  En otro lugar el Salmista dice, “Pon tu confianza en el Señor, y Él concederá los deseos de tu corazón.”  Cuando la historia es de Dios, el corazón quebrantado no es el final del cuento.  Más bien lo es la alegría de hallar en Dios el deseo de tu corazón.