Es por ti

Llevo varias semanas queriendo escribir un artículo para nuestro blog; ya tenía varias ideas de temas que iba a tratar (y que si Dios quiere aún trataré), pero esta mañana, evadiendo la belleza estructural de mis planes, me ha venido otra idea que no he podido resistir.


Siendo hoy primer viernes de mes, en el convento tenemos un día de silencio y oración con exposición del Santísimo. Empezamos la exposición justo después de la Misa por la mañana; recién terminada la oración final, nos arrodillamos todos y cantamos el famoso himno “O salutaris Hostia”, escrito por nuestro hermano dominico Sto. Tomás de Aquino. Es una bella imagen: treinta frailes en hábito blanco arrodillados ante el Santísimo; y al verme sumergido en esa marea blanca, recordé que todos estamos unidos en el servicio a Cristo; es Él quien nos ha juntado, es Él a quien rezamos juntos, y es hacia Él que nuestras vidas están dirigidas. A este pensamiento lo acompañó otro, fruto de mi ignorancia del latín: pues cuando cantamos el “O salutaris”, yo lo voy traduciendo en mi mente (sabiendo plenamente que mi traducción es incorrecta). Cuando cantamos la segunda estrofa, “Uni trinoque Domino…qui vitam sine termino”, (que se puede traducir “Dios sólo y triuno…[danos] vida sin término”) yo la traduzco como “Oh Dios, sin quien la vida termina”. Sólo Dios le da sentido a mi existir, y sin Él, mi vida dejaría de ser. Inmerso en estas dos ídeas, recordé esa frase que le da el título a este artículo: “es por ti”.


Para algunos de mis amigos españoles este título parecerá una broma, pues tengo esa frase asociada con un día en la playa cuando mi querido hermano Pablo le ofreció a su amigo Cosimo jugar a las paletas. Supongo que frustrado ante su indecisión, Pablo le dijo: “Es por ti, Cosimo”, frase que hemos repetido infinita veces de broma. Pero en realidad, tiene cierta belleza: es por ti. Lo hago por ti.


Recuerdo también que un verano durante mi carrera universitaria, cuando ya me  planteaba seriamente la posibilidad de que Dios me estuviera llamando a ser sacerdote, se convirtieron en la banda sonora de mi coche las canciones de ese gran cantautor español, José Luis Perales. Mi padre se había pasado a CD sus viejos discos de vinilo, así que gozaba de un repertorio prácticamente completo de Perales que escuchaba casi sin pausa. Entre las canciones descubrí dos tituladas “Por ti” (sólo he logrado encontrar un vídeo para una; incluyo también el enlace para la letra de la otra, del álbum “Nido de Águilas”, y de la cual saco la siguiente estrofa); aunque Perales las cantaba a una mujer amada, yo rápidamente las reapropié como himnos de amor a Cristo:


Por ti puedo llegar a ser amante y soñador.
Por ti puedo sentirme libre cada despertar.
Por ti puedo saber a dónde voy.
Porque mi corazón vive por ti.

[video:"http://www.youtube.com/watch?v=iToZw0gge_8"]

Era como un recién enamorado, habiendo redescubierto mi fe sólo unos años antes: mi fe ya no era algo que practicaba cual robot, tan sólo por seguir el ejemplo de mis padres; yo mismo me había enamorado de mi fe, de Jesucristo.


Todos estos recuerdos de mi pasado me trajeron esta mañana, tal vez de forma inevitable, a los dilemas de esta última semana. El sábado pasado vino a visitarme mi familia; mi madre aprovechó para tomar una foto de sus “niñitos”, y puso la foto de los cuatro hermanos en facebook con la descripción: “En la habitación de Bernabé en el seminario, St Louis”. Esas palabras me produjeron un pequeño shock, pues al leer a mi madre hablar de su hijo “en el seminario”, me encontré repentinamente cara a cara con la realidad de lo que estoy haciendo: ¿yo, seminarista? ¿Qué hago aquí? Es como si de repente viese con claridad a lo que me ha llevado esa canción de amor que canté con tanta emoción: “por ti lo doy todo”, dije yo—y Cristo aceptó. He dejado la posibilidad de tener mi propia familia, mi carrera…estoy ofreciendo la única vida que tengo a una llamada misteriosa de un Dios que conozco sólo de forma incompleta… ¿Estoy loco? La vida, tan joven aún, se me presenta llena de posibilidades, y yo, ¿por qué he elegido servir a Dios? ¿Por qué voy a dedicar mi vida a una Iglesia que cada día es más perseguida y odiada, que es objeto de ridículo e incomprensión? ¿Para qué alienarme de un mundo que cada día me cree más raro, si no chalado perdido? ¿Por qué no someterme a la comodidad de conformarme, de seguir una vida “normal” y punto? ¿Para qué intentar ser un santo cuando va a ser tan difícil, cuando tanta gente me despreciará por ello? ¿Y para qué ser santo cuando Dios es tan misericordioso que una vida cristiana mediocre me bastaría para entrar en el cielo?

 

La repuesta es tan simple que hasta asusta: “es por ti”. Porque aunque no haya visto a Jesucristo, lo amo, y sin contemplarlo todavía, creo en él (cf. 1 Pedro 1:8). Este Jesús que me dieron a conocer mis padres, que ha estado a mi lado en mis momentos más oscuros, que me ha consolado en mis dolores, que se ha regocijado en mis alegrías, que se ha reído conmigo y ha compartido mis lágrimas, que me ha cuidado, que me ha perdonado todo, que me ha amado aun cuando yo no le he respondido en amor, que está conmigo ahora mismo en la Eucaristía mirándome con amor—es este Jesús a quien yo amo, y si realmente lo amo, y por quien todo lo daré gustoso, deseando poder dar más. Es este Jesús quien le da sentido a mi vivir, y a quien prometo hoy como en tantas ocasiones pasadas:


Mi estudio y labor,
mi alegría y dolor,
mi vida y mi amor:
¡todo es por ti!