La oración del silencio

Cuando era niño y aprendía a orar, me fascinaban las fórmulas.  Prácticamente convertí mi cerebro en un catálogo de rezos, novenas, consagraciones y prácticas espirituales para toda ocasión:  al amanecer, al acostarme, antes de la cena, y por supuesto después.  Quería dominar el método preciso para hacer un ruego digno de ser oído y atendido por el Altísimo, con el fin de acercarme más a El.  En uno de mis arrebatos para convertirme en un devocionario ambulante, conversé con el párroco de mi iglesia en aquel entonces, un sacerdote con un profundo sentido de la oración.  Con la osadía de mis diez años yo le expliqué que, según lo que yo había leído en mis devocionarios, tal o cual resultaba la oración más sublime y poderosa entre todas, y que la devoción más cual era la que más agradaba a Dios.

 

Aquel sacerdote me sonrió serenamente y me dirigió unas palabras que a pesar de su sencillez, no entendería hasta que dejara atrás la niñez:  "Existen muchos niveles dentro de la oración.  El nivel más básico, aquél con el que todos comenzamos, es orar con palabras, así como hacemos cuando recitamos un Padre Nuestro, o cuando conversamos con Dios espontáneamente, sin fórmula que nos guíe.  Este es el primer nivel de la oración, Cristóbal.  Pero no es ni el más sublime ni el más poderoso.”  Yo miraba al cura atentamente mientras él continuaba:  “Existe otro tipo de oración mucho más sublime, que ocurre cuando se cansa uno de tanta palabrería, y este cansancio lo lleva a descansar calladamente en la Presencia de Dios.  Esta es la oración del silencio, en la que el corazón dialoga con Dios sin necesitar palabras.  Es más, en este tipo de oración, las palabras no son más que un estorbo.”

 

Me quedé perplejo ante la imposibilidad de lo que aquel cura me estaba diciendo.  Yo palpaba en mi interior que sus palabras eran ciertas, pero no entendía cómo.  ¿Cómo se podía decir que se estaba rezando, que se estaba dialogando con Dios, sin que se le dirigiese ni una sola palabra?  Si orar significaba “hablar con Dios”, como se me había enseñado, entonces ¿cómo se podía orar en silencio, sin decir ni pensar siquiera “Te amo, Señor”, o “me encomiendo a Ti”?

 

Por muchos años traté de descifrar las palabras enigmáticas de aquel sacerdote.  No fue hasta que los años y la experiencia me maduraran lo suficiente en mi relación con Dios que pude empezar a entenderlas.  Poco a poco han germinado en mi espíritu, transformando mi corazón a lo largo de los últimos treinta años.

 

Orar es la forma de comunicación más sublime que hay, ya que se trata de la comunicación con Dios.  Comúnmente, nosotros nos comunicamos a diario con la gente que nos rodea por medio de palabras habladas y escritas.  Le decimos a nuestro padre, hijo, esposa o amigo que estamos cortos de dinero y le pedimos un préstamo, o le enviamos una carta a un familiar en una tierra lejana, expresándole nuestro cariño y la melancolía que nos ocasiona su ausencia.

 

Pero mientras más a fondo nos tratamos, y más íntimamente nos conocemos, encontramos que a veces, también resulta posible comunicarnos sin tener necesidad de recurrir a las palabras.  A veces un gesto momentáneo, un silencio inusual,  o una mirada de amor encierran mucho más de lo que pudieran simples palabras.  A veces sólo basta con estar en presencia del amado para saber lo que piensa, o para palpar lo que siente.  Es así también en nuestra relación con Dios.  A veces, en lugar de llenarse la boca de flores para hablarle al Señor, sólo basta con permanecer en silencio y abrir nuestro corazón para gustar de Su Presencia.  Pruébelo y ya verá...