Una palabra tuya bastará…

"Así será la palabra que sale de mi boca: no regresará a mí vacía,

sino que cumplirá mi voluntad y llevará a cabo mi encargo."
                                                                                                                            - Is 55:11

 

El oráculo de Isaías en la primera lectura de hoy describe un acto que bíblicamente pertenece a Dios: discurso performativo.  Este discurso constituye en palabras que, por su ser dichas, lleva a cabo lo que declara o manda.  Un ejemplo fácil de esto en la escritura viene de Génesis 1:3 –

 “Y dijo Dios: Que exista la luz. Y la luz existió.”  Hay mas en el evangelio según San Marcos, capítulo 2, cuando dice Jesús al paralítico – “Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa.”  A través de los evangelios, encontramos a Jesús usando discurso performativo – para sanar, cambiar el ambiente, y perdonar pecados – que requiere a preguntar los Fariseos y escribas, “¿Con qué autoridad [hace él] estas cosas?” (Mt 21:23; Mc 11:28; Lc 20:2).  La respuesta es Dios mismo.

 

Encontramos discursos performativos en nuestras vidas diarias también. Dos frases muy importantes que encontramos frecuentemente son, “este es mi cuerpo entregado para ustedes” y “te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.”  En ambos casos, el sacerdote está hablando in persona Christi (como Cristo) y pues por la autoridad de Dios.  El poder del Espíritu Santo, trabajando por medio del sacerdote, cambia los especies de pan y vino al Cuerpo y Sangre de Cristo porque el sacerdote dice estas palabras. Nuestros pecados se disculpan en la confesional por la misma razón.

 

Sin embargo, Jesús restringe nuestra disculpa en el evangelio de hoy.  “Porque si ustedes perdonan a los demás sus culpas, también a ustedes los perdonará su Padre celestial.  Pero si no perdonan a los demás, tampoco su Padre les perdonará sus culpas" (Mt 6:15).  En este proceso de perdonar a otros por herirnos, nosotros también usamos un tipo discurso performativo, ejerciendo nuestro sacerdocio real que recibimos por el bautismo.  ¿Pero, que verdaderamente constituye la disculpa?  ¿Debemos negar que ocurrieron agravios?  ¿Debemos llamar actos malos como ‘buenos’?  No, pero quizás una senda adelante sea ofrecer a los que nos ofenden una segunda oportunidad, o una septuagésima oportunidad, para reconciliar.  Abriendo la puerta y extendiendo la invitación al otro antes de su acto de contrición imita la misericordia que nos ha dado Jesús.  “Cuando aún éramos pecadores…” (Rom 5:8).  Significa que nos abrimos a la posibilidad de estar heridos otra vez por la misma persona y aun en la misma manera.  Nos va a picar—como una lanza traspasando nuestro lado hasta el corazón.  Pues, si seguimos esta senda hasta su fin, una senda que nos coloca juntos a Cristo en Gólgota, él nos ha asegurado en el evangelio de hoy que recibiríamos la disculpa del Padre celestial.  Quizás oiríamos el mismo discurso performativo lo que oyó el buen ladrón, “Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso” (Lc 23:43).